Estacional I
Entonces te caen encima todas las hojas secas que el otoño hace caer y se te hinchan los pulmones de melancolía estacional. Las manos se te resecan terrible, las mejillas enrojecen y la piel palidece por su cada vez menor exposición al sol. Te das a la tarea de disfrutarlo y lo haces.
Al ritmo de los carros transcurre el mes entero y las calles adquieren tintes navideños y te preparas emocionalmente para lo que ya sabes que vendrá.
No es una mala costumbre pensar que las cosas son mejores cuando hay alguien al lado. No es alocado afirmar que el café insípido de la mañana está mejor si platicas con alguien, con la güera argentina de la barra o si le chuleas al señor del bigote sobresaliente su perro que come colillas de cigarro mentolado. No es ser needy (¿sí se escribe así?) sentirse mejor caminando en silencio junto a otra persona. Luego deseo ser menos huraña.
Lugares públicos
A menudo veo -en el restaurantito que frecuento- a uno que otro comensal solitario. Los sientan en las peores mesas, en la que está saliendo de la cocina, en la que está en la mera entrada, en una que está ridículamente junto a un refrigerador de Coca. Cuando pago por mi consumo los veo con sus jarras de agua y sus miradas perdidas y se me angustia mínimamente el corazón.
En el cine la gente que va sola usualmente trae una sombrilla o un abrigo. A la sombrilla la toman por el mango como si ésta tuviera deditos. Al abrigo lo traen montado en el brazo como si fuera un anciano a quien ayudan a caminar.
Estacional II
Una de mis épocas favoritas la pasé en el Caribe durante el verano. Todo el tiempo que pasaba, lo pasaba conmigo y era glorioso. De la casa manejaba hasta la playa cantando canciones del Buenavista Social Club, me estacionaba cerca de un muelle y caminaba hacia un spot donde únicamente había chicas solas. Como una parvada dadaista acomodábamos nuestras toallas en la arena y sin conocernos pasábamos la mañana juntas. Cada quien con sus pensamientos, su bloqueador, su iPod y su respectiva botella de agua.
Cuando alguna quería meterse al mar bastaba una mirada para decir "Ahí les encargo mi bolsa, morras" y listo. Desde lo apacible de la orilla vigilábamos sus pertenencias y de paso que no le fuera a suceder nada mientras nadaba. Cada día eran unas diferentes pero magicamente operaba la misma lógica. Ni en italiano, francés, inglés o español hablábamos jamás. Nos pedíamos encendedor nomas con un ademán del dedo pulgar fingiendo prenderlo . Una sonrisa y chido, cada quién a su toalla, a sus pensamientos, a su bloqueador, a su iPod y a su botella de agua.
Lugares privados
Me gusta mi tiempo sola en el carro y fumarme todos los cigarros y no invitarle a nadie de mis chicles. Me gusta mofarme de los noticieros y decirles que qué pendejos, me gusta cantar la rúbrica del Weso de la W, me encanta cantar Bohemian Rhapsody como si no hubiera un mañana y chacotear con la gente que me toca el claxon. Me gusta encerrarme en mi cuarto y ser arbitraria y llenar la ausencia de musicotas e incienso. Así, ningún otoño sería capaz de bajonearme.
Mientras me pongo (más) crema en las manos... recuerdo que después del otoño viene el invierno. El frío metafísico se cuela por las rendijas desprotegidas del ventanal que está al lado de mi cama. Tal ves sean cuatro meses muy largos pero estoy muy pinche contenta de tener mis cremitas que -a la distancia- son caricias que alguna vez alguien me quiso dar.



