
Me gusta pensar que Dios -ya sea el pensamiento que se piensa a si mismo o la máxima fuerza creadora del universo- es un sibarita del espectáculo de nuestras existencias: Que mi pequeña ofrenda para él, es hacer algarabía de mi deliciosa condición humana. Que de la breve función que poco a poco llevo a escena viviendo ante sus ojos, se lleve un agasajo y con suerte, me aplauda de pié al final.
Quiero hacer uso completo de mis posibilidades histriónicas y protagonizar apasionadamente lo que me toque representar. Mi vida tragicomedia, mi vida drama, mi vida como un escandaloso filme italiano {como esa de Feos malos y pobres o Brutti sporochi e cattivi (1976)}. Quiero tener fines de semana a la Bertolucci y besar francesamente a alguien verdaderamente insospechado. Y los días que me sienta más lela y superficial afrontarlo como si fuera una telenovela colombiana.
Siento que el lunes empezó una nueva temporada. Siguen los protagonistas pero vuelven unos bien chidos de temporadas pasadas, en serio, como en paquete, bien chingón. Tengo mucha emoción del próximo mes. A ver qué tal nos sube el rating.