Se limpia de la mejilla tu beso fresco de la mañana.
Avienta tus brazos lejos cuando traen intención de caricia.
Te escupe la aspirina que le trajiste para aliviar su dolor de cabeza.
Te menosprecia el desayuno.
Te habla con el mismo desdén que le habla a los microbuseros.
Usa tu pantalón sastre para limpiar la pipí de su perrito.
Mordisquea tu última galleta y la bota a la mitad porque le repugna (aún antes de quitártela).
Le va robando cachitos a tu corazón y se los da de comer a las hormigas (que en realidad tampoco lo quieren).
La que avienta tus manos lejos de su cuerpo convierte tus palabras de aliento y tus atenciones en lentos anatemas que te perforan las venas. Por la yema de todos tus dedos despreciados te vas a desangrar.
