Con las manos oliendo a 4 tubos de diferentes microbuses, sacan parsimoniosamente sus cosmetiqueras como si fueran acróbatas de un arte que yo no entiendo. Y primero, con las mismas manos de la guajolota, el cambio y los 5 tubos (porque el metro cuenta como un tubo más) se disponen a untarse de la base: esta heroica pasta color carne o color canela encargada de ocultar las consecuencias de una vida tan ajetreada y llena de impurezas. Profano masaje de una cara llena de imperfecciones que -irónicamente- está llena de éstas por maquillarse en el metro todos los días.
Un alocado desfile de caras, rictus y gestos para cubrir cada grano, peca y arruga. La base, las chapitas (¿o se dice blush porque es más fasión aunque no haya nada fasión en pintarse la carita en el metro?) y luego las sombras. Desde mi cómoda posición de voyeur del cosmético las miro horrorizada de los coloridos tallones de párpados que una y otra vez se dan. Si mientras se pintan sus ojitos yo les contara de la vez que en la línea verde me tocó ver a uno de estos saltimbanquíes (de esos del vidrio astillado y las maromas por pena, asco y dinero) posó su espalda con heridas abiertas y con sangre en todos los tubos que se le atravezaron, tal vez se detendría... o tal vez no. Ish.
Al final, como si ignoraran la fragilidad del ojo y lo intempestivo del andar del metro, se depilan la ceja, se enchinan con un armatoste de metal o bien, con una aguja se separan las pestañas recién embarradas de rímel de hueso de mamey. Siento que me voy a desmayar si un día alguna se pica. Cuando me lo imagino y siento algo parecido a la nausea, alguna de ellas se perfuma sin piedad de mí.
Me bajo del vagón francamente mareada por el olor baratón del angel face apócrifo y del perfume. Se me ha corrido el delineador. No me importa.




