28 de septiembre de 2010

Mi reloj biológico vs. mi



Estoy dejando de creer en la relevancia del tiempo. Soy de la idea de que debería trabajar cuando me sintiera en condiciones de hacerlo.

Anoche no pude irme a dormir a la hora que tenía proyectada y muy mal por mí pues con desesperación veo cómo mi reloj biológico nomás no termina de acostumbrarse a la vida laboral.
Estudié la licenciatura entera en el turno de la tarde. Salía de clase a las 7 o a las 9 de la escuela y de ahí me iba con mis amiguitos a hanguear. Hubo semestres en los que el hangueo tenía sus imperativas cervezas de por medio. Llegaba mareada, chapeada y satisfecha a las 11:00 de la noche a casa y dormía como bebé en Dimetapp. Cabe destacar que amanecía de estupendo humor, avanzada la mañana y lista para atender mis clases.
Dimetapp y cerveza: buenísimos para caer dormido


Ahora tengo que trabajar en un horario establecido y levantarme a las 8:00 am. Hay días que lo logro y hay días como hoy que el día se convierte en una pesadilla borrosa donde tengo los ojos resecos y cabeceo en los momentos menos adecuados. Es odioso.

Cabeceando way too far

Con mi vida laboral ya casi nunca estoy borracha, ya no me salen chapas y los fines de semana me despierto antes de las nueve a pesar de mis esfuerzos por hacerlo a las 11:00.
En el Facebook veo quejas de los demás que sufren la pugna por el control de sus relojes biológicos. ¿Quién fué el pendejo que pensó que llevar a los niños a la escuela temprano era estupenda idea aunque les corten de tajo las valiosísimas horas que su cuerpo ocupa para crecer? ¿Quién se siente fabuloso a las 7:00 am en su clase de matemáticas? ¿Cuál de ustedes se siente inspiradoramente productivo después de sentarse dos horas en el tránsito matinal? Agh qué horror. Mi metabolismo me va a matar y si no, un episodio de narcolepsia mientras atraviezo los carriles de don Metrobus. Esto es tan molesto como un bostezo interrumpida por el hipo. No sé cómo hacer para dormir a mis horas y ser fresca, productiva y chapeada otra vez. Tengo sueño y me hormiguean las manos. La última vez que cabecée, escuche como a lo lejos el cláxon del Metrobus... y cuando abrì los ojo estaba sentada en mi escritorio. Apenas eran las tres de la tarde.