Las cosas de mi infancia que están más fuertemente ancladas en mi cabeza tienen que ver en gran parte con mi abuela. Además del nombre y de un rictus que habita en mi frente, me heredó el cariño por las tradiciones.
Mi abuela no tenía necesidad de muchas faenas sin embargo las hacía porque le parecía muy adecuado y porque tenía la certeza de que los demás lo harían mal. Era una mujer grande, voluntariosa y fuerte. Yo no me recuerdo a mí misma como una niña apacible, ni como una particularmente inquieta pero de lo que sí me acuerdo es que me encantaba caminar y lo sabía. Me salía con ella y su carrito del mandado al mercado a comprar la comida del día, en vacaciones sobretodo.
La caminata se prolongaba por toda la avenida con sus respectivas paradas. Ibamos a la tiendita de Doña Jose, hangueábamos con Doña Alicia, cotorreábamos con Alfonsina que aparecía a menudo con claveles en la mano, le sonreíamos a Doña Magos (porque era muy fan) y le preguntábamos por la salud de sus familiares a una señora que le decían "Bolita". Sin problemas, cada vez topábamos a 15 personas que se sabían el nombre de mi abuela y la saludaban. Luego me miraban con curiosidad y preguntaban de qué hija era hija yo. Señor Juan, el carnicero, era el único que siempre parecía saber.
En mi memoria olfativa el mercado municipal tiene un gran lugar en donde están los estantes de mis primeros años. Pollos crudos colgados de cabeza, membrillos, ocote, hígado de res, charcos de carnicería, birria, perejil, ate de tejocote, aserrín en el piso, cacahuates, probaditas de mamey, de sandía y medias naranjas.
El final de octubre y el inicio de noviembre encallado en mi nariz conectada con el corazón. Canela, calabazas, cempasúchil, cráneos de dulce, copal en los sahumerios, panes artesanales salpicados de ajonjolí, cañas de azúcar cortadas con machete, las primeras limas de la temporada.
Luego, llevar todo a su casa con cocina grande para hacer en una cacerola de barro una cantidad majestuosa de calabaza para todos (vivos y muertos por igual). Era hermoso. El olor de piloncillo que se desbarataba ante horas de hervor permeando cada rincón de la casa por horas y para siempre, nuestros jóvenes corazones.
Poníamos la ofrenda en la mesa de la cocina vestida con un mantel blanco y elegante. Poníamos las veladoras, una por cada papá de mis abuelos, una por el tío Toño que se fue temprano.
A cierta hora, cuando ya estaba todo puesto, ante las flamas ambaradas, mi abuelo se levantaba de su sillón y del trinchador sacaba una botella de tequila y les servía serenamente dos o tres caballitos con Herradura Blanco, partía unos cubitos de queso cotija y dos limones que acomodaba en un platito. La ofrenda estaba completa ya.
A cierta hora, cuando ya estaba todo puesto, ante las flamas ambaradas, mi abuelo se levantaba de su sillón y del trinchador sacaba una botella de tequila y les servía serenamente dos o tres caballitos con Herradura Blanco, partía unos cubitos de queso cotija y dos limones que acomodaba en un platito. La ofrenda estaba completa ya.
Pensando en ello mientras caminaba -ésta vez- por el mercado de Medellín entre papas criollas y calaveritas de amaranto, entendí que la ofrenda se armaba puntualmente y con tanta devoción porque además de honrar a sus muertos les gustaba pensar que en su momento alguien les recordaría aunque no estuvieran.
Yo los sigo recordando.
El día 2, de este mundo al otro, se los quiero hacer saber.
Cada vez más veladoras

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